Lo que hace 17 años comenzó como una apuesta científica disruptiva, hoy es la estrategia de resiliencia más robusta de la industria nacional. El Programa Vino, Cambio Climático y Biodiversidad (VCCB), dirigido por la ecóloga Olga Barbosa y el Instituto de Ecología y Biodiversidad (IEB), ha demostrado que la conservación de bosques y fauna nativa no es un costo operativo, sino una inversión en “infraestructura natural” que garantiza uvas más sanas y vinos con mayor identidad.
Actualmente, más de 20 viñas —incluyendo a referentes como Cono Sur, Santa Rita, Emiliana, Concha y Toro y Montes— trabajan bajo este modelo, protegiendo activamente cerca de 43 mil hectáreas de ecosistema mediterráneo, un hot spot global de biodiversidad.
Del “bosque competidor” al “bosque aliado”
La investigación liderada por Barbosa ha derribado mitos históricos de la agricultura tradicional:
- Control biológico natural: Los datos confirman que los viñedos cercanos a vegetación nativa sufren menos plagas. La instalación de cajas nido para búhos y posaderos para rapaces ha incentivado la presencia de depredadores naturales (zorros y aves) que controlan roedores e insectos sin necesidad de químicos.
- La microbiota del Terroir: Uno de los hallazgos más fascinantes es que el bosque nativo comparte el 80% de sus microorganismos con los viñedos. Esto incluye levaduras fermentadoras que definen aromas y sabores, asegurando que el terroir sea irrepetible.
- Resiliencia térmica: Ante las olas de calor que aceleran la maduración y elevan el alcohol, el proyecto Bio-Wines busca microorganismos específicos que ayuden a producir vinos equilibrados en condiciones extremas.
Chile exporta conocimiento a Napa Valley
El éxito del modelo chileno ha cruzado fronteras. Tras destacar en certámenes internacionales, la asociación de viticultores de Napa Valley (EE.UU.) solicitó una alianza con el IEB para implementar estas soluciones basadas en la naturaleza en California.
“Perder biodiversidad es un perjuicio para el negocio, porque se pierde el terroir y todas las viñas terminan siendo iguales”, advierte Olga Barbosa. El modelo, que ya se expande a olivares y avellanos, demuestra que la conservación es la única vía para mantener la competitividad de Chile en mercados internacionales que exigen estándares ambientales cada vez más estrictos.




