Hay noticias que no sorprenden, solo confirman lo que uno ya sospechaba. Cuando la BBC incluyó al Valle de Colchagua entre los mejores destinos del mundo para viajar en 2026, la primera reacción, acá en Chile, no fue de sorpresa. Fue más bien un gesto de cabeza, como quien ve reconocido públicamente algo que llevaba años observando en silencio.
Porque el enoturismo en el Valle de Colchagua no nació con ese titular. Nació mucho antes, entre hileras de Carménère y familias que llevan generaciones haciendo vino de la misma tierra.
Un valle que crecía mientras nadie miraba
Colchagua siempre tuvo algo distinto. No es solo la calidad del vino —eso ya lo sabía el mundo del vino desde hace años—, es la manera en que el valle entero se organizó alrededor de recibir gente. Viñas que abrieron sus puertas, rutas que se trazaron entre bodegas, pueblos que aprendieron a convivir con el visitante sin perder su forma de vida.
Carmen Paz Ravanal, gerente de marketing de Viña Ravanal, lo explicaba hace poco a medios especializados: para ella el valle terminó consolidándose como un destino de nivel mundial, donde el vino ya no se vive solo, sino integrado a la gastronomía, la cultura y el paisaje del territorio. Es exactamente esa integración —no el vino solo, no el paisaje solo— lo que hace que el turismo del vino en Chile empiece a mirarse distinto desde afuera.
Como explicaba la propia Ravanal, hoy son los visitantes brasileños y argentinos quienes lideran las visitas a los valles vitivinícolas chilenos, aunque por razones distintas: el argentino prioriza viajes cortos y descanso, mientras el brasileño llega buscando experiencias completas, con degustaciones guiadas y propuestas gastronómicas. Es una audiencia que muchas veces ya conocía el vino chileno en su país antes de buscarlo en el origen.
Por qué el enoturismo en Chile crece justo ahora
El crecimiento no es casualidad. Responde a un cambio más amplio en la forma de viajar: cada vez más personas quieren entender el origen de lo que consumen, conocer a quienes lo elaboran, sentir que un viaje les dejó algo más que fotos. Colchagua, con su mezcla de tradición familiar y sofisticación reciente, calza perfecto con esa búsqueda.
Los visitantes que llegan hoy no buscan solo una copa de vino. Buscan una tarde completa: caminar entre parronales, escuchar la historia de una familia que lleva décadas en el mismo campo, sentarse a una mesa donde la comida y el vino cuentan lo mismo desde ángulos distintos.
Una forma distinta de quedarse en el valle
Esa búsqueda de experiencia completa explica también por qué el alojamiento dentro de las viñas empieza a ganar terreno en Chile, algo que valles vecinos en Argentina ya venían explorando hace tiempo. En Colchagua, propuestas como el Andes Lodge Escape de Viña Tumuñán apuntan justamente a eso: no una visita de dos horas, sino una noche completa entre viñedos, con cena maridaje, fogata y un cielo que en invierno se ve distinto a como se ve en la ciudad.
No hace falta ir muy lejos para vivirlo. Desde Santiago, el Valle de Colchagua está a poco más de dos horas —lo suficientemente cerca para una escapada de fin de semana, lo suficientemente lejos para sentir que uno realmente se fue a otro lugar.
El reconocimiento de la BBC pone una luz internacional sobre algo que quienes trabajamos en turismo del vino en Chile veníamos observando de cerca: el país tiene, en sus valles, una historia que todavía no termina de contarse del todo. Colchagua es apenas uno de los capítulos.
Lo que sigue —para el valle, para las viñas, para quienes reciben viajeros— es sostener esa atención con lo que siempre funcionó: hospitalidad real, paisaje que no necesita filtro, y la sensación de que cada visita, chica o grande, deja algo que contar.
Chile Wine Experience diseña experiencias de enoturismo premium para viajeros internacionales en Chile, incluyendo el Valle de Colchagua.
Foto: Viña Tumuñán


