La industria del vino en Chile enfrenta uno de los mayores desafíos de su historia: producir con menos agua, soportar temperaturas cada vez más altas y conservar los estándares de calidad que la distinguen en el mundo. En este complejo escenario, una variedad nacida en Francia comienza a ganar un fuerte protagonismo como la respuesta técnica y agronómica al futuro de la vitivinicultura: el Marselan.
Creada en 1961 mediante el cruce entre Cabernet Sauvignon y Garnacha, esta cepa destaca por su extraordinaria resiliencia al estrés hídrico y a las altas temperaturas. En el Valle de Colchagua, Viña Ravanal ha liderado la incorporación de esta variedad con una visión estratégica clara. Héctor Saldivia, enólogo de la viña, explica que la decisión busca preparar la producción para los escenarios climáticos extremos: “Marselan combina calidad enológica con resiliencia agronómica, permitiendo proyectar la viticultura hacia escenarios más exigentes sin sacrificar identidad”.
Fisiológicamente, la cepa posee racimos medianos, bayas pequeñas de piel gruesa y una baja susceptibilidad a enfermedades. Estas características permiten disminuir drásticamente el uso de tratamientos fitosanitarios y optimizar el recurso hídrico, una prioridad clave para el sector. Según Alejandra Vinagre, encargada de Sustentabilidad de Viña Ravanal, la adopción de Marselan se alinea directamente con el Código de Sustentabilidad de Vinos de Chile, permitiendo reducir de forma significativa la huella de carbono y el gasto energético en el viñedo.
Las primeras evaluaciones en terreno confirman que, frente a olas de calor severas, el Marselan mantiene una maduración homogénea y conserva mejor la acidez en comparación con cepas tradicionales como el Cabernet Sauvignon o el Carménère, posicionándose no como una moda pasajera, sino como el pilar de una nueva era vitivinícola adaptada al clima del mañana.




